​​Las actividades de Sol de Lobos se desarrollan fundamentalmente en la sierra de Guadarrama y, de hecho, somos guías del Parque Nacional formados por el CENEAM y acreditados por el OAPN. Aunque conocemos y hemos trabajado en otras montañas y espacios naturales, es en este entrañable macizo donde desde hace tiempo se vuelca el grueso de nuestra labor. Esta sierra es para nosotros (residentes y/o nativos de sus valles) el vínculo diario con la naturaleza. Es algo más que un mero terreno de juego o aventura. Es nuestra casa. Y por ello queremos compartirla con el máximo cuidado y respeto. Es una casa pequeña y abierta para mucha gente. Que siga siendo hermosa y guardando rincones tan variados y bien conservados depende de cómo hagamos las cosas. Nosotros tratamos de hacerlas disfrutando, conociendo, compartiendo y evitando dejar huella.

    Esta sierra no es muy grande y, sin embargo, abarca una variada gama de paisajes y ecosistemas, algunos de los cuales no estaban muy representados en la red de Parques. Este es el caso del pinar de Pinus sylvestris, típico de la montaña mediterránea y que aquí tapiza la parte alta de las laderas en ambas vertientes y regalándonos bosques formidables como los de Valsaín, Navafría o los valles del Lozoya y la Fuenfría. En estos y otros bosques podemos encontrar ejemplares monumentales y de muy diversa forma, desde gigantes esbeltos de más de treinta metros de altura hasta barrocos y retorcidos ancianos que sólo pudieron crecer a lo ancho azotados por los vientos implacables en las crestas o en las zonas más expuestas. A menor altura podemos disfrutar del melojar (mejor conocido en la zona como rebollar) formado por el roble típico del lugar: el Quercus pyrenaica. Este tipo de robledal tampoco se halla muy representado en la red de Parques Nacionales fuera de aquí y, sin embargo, en estas montañas ocupa bastas extensiones del piedemonte como especie predominante, aunque también podemos observar cómo se entremezcla con el pinar en ciertas zonas de transición. Pero además podemos hallar otros muchos paisajes: fresnedas adehesadas en las zonas más bajas aledañas al Parque, saucedas en los cursos fluviales, enebrales y jarales en las zonas más secas y soleadas, alguna acebeda e incluso, en la zona periférica de protección, algún sabinar relicto único en el territorio. En las alturas del parque encontramos también algunos ejemplos de lagunas y sistemas de origen glaciar más propias de otras latitudes, rodeadas de roquedo, pastizales, turberas o piornales.  Y no podemos olvidar el que quizá sea el paisaje más peculiar del Parque y de una particular belleza difícil de encontrar en cualquier otra parte del mundo: el formado por las impresionantes “esculturas” graníticas de La Pedriza, máxima expresión de los caprichos del berrocal, que también podemos encontrar, en menor medida, en otras partes de la sierra.

    La vida salvaje en estas montañas también sigue presente a pesar de la presión humana y, en algunos casos, como es el del buitre negro, en franco progreso. Encontramos representación de la mayoría de vertebrados asociados a la montaña; entre ellos es de destacar la cantidad de especies de aves, más del centenar, que van desde pequeños paseriformes como el pechiazul, que hallaremos en los altos piornales, hasta grandes rapaces como los buitres negro y leonado o incluso algunos ejemplares del escaso águila imperial. Los mamíferos que con mayor facilidad veremos son el corzo en los bosques y claros y, en los roquedos y las altas cuerdas, la cabra montés. Esta última comenzó a reintroducirse en 1990 y ha sido tal su éxito adaptativo que actualmente supone uno de los principales problemas del Parque, pues su población supera ya los cuatro mil individuos y está poniendo en peligro ciertas especies vegetales, algunas muy escasas. Algunos anfibios han sufrido también en esta zona el azote de la quitridiomicosis , además de la amenaza de especies alóctonas. Es el caso, por ejemplo, del sapo partero o la rana patilarga, abundantes hace no mucho tiempo en las lagunas de la zona de Peñalara. Últimamente se llevó a cabo la erradicación del salvelino, especie de trucha americana que devoraba sus frezas, y también se lleva un programa de cría en cautividad de éstos y otros anfibios para tratar de controlar el impacto de la quitridiomicosis. El salvelino no es el único pez introducido en los ríos de la sierra; sin embargo, y a pesar de tantas dudosas intervenciones de los pescadores deportivos y las administraciones en la ictiofauna serrana, aún se conservan algunos ejemplos de especies autóctonas como la trucha común, el barbo comizo o la bermejuela. Entre los invertebrados,  muy abundantes en general, encontramos dos de los símbolos de la sierra: los lepidópteros Graellsia isabelae y Parnasius Apollo, aunque precisamente estas hermosas mariposas son cada vez más difíciles de observar. Las especies vegetales cuentan también con una buena representación que alcanza más del millar de taxones catalogados.

    Y la visión de esta sierra seguramente no estaría completa sin agregarle la multitud de visiones que una historia cultural tan rica nos ha ido legando. Por ello se hace imprescindible hacer mención de tantos trabajadores del ganado, la madera o la piedra, montañeros, pintores, escritores, científicos, educadores… Un montón de gente que ha interactuado a lo largo de los años con estos paisajes y que nos han dejado mucho que aprender. En ello estamos… os esperamos.

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